sábado, 25 de julio de 2009

El arte de sufrir II

Homenaje a Virginia Palomeque

No obtuve respuesta, toqué de nuevo y solo el silencio me contestó, llegó a mi mente la sospecha de que tal vez no estuviese en su dormitorio, aunque no lo habíamos visto salir a la calle. Di vuelta al picaporte y este cedió con facilidad, me sentí rara una vez dentro, solo dos veces había estado ahí: cuando llevamos su cama y sus cosas entre Juan y yo, a su destierro, y cuando me lastimé un dedo con un cuchillo y papá lo curó. De esos hacía ya bastante tiempo y nunca imaginé cuanto había cambiado el recinto escondido de mi padre. Era el lugar más cálido y pleno de belleza, que jamás vi; estaba lleno de flores, plantas y cuadros hermosos hechos por él; si, de eso si estaba enterada, sabía que papá pintaba, pero su afición estaba catalogada por mi madre, cómo un "vicio pernicioso" y nos tenía prohibido que tratásemos de ver las creaciones licenciosas de Marcos, mi padre. ¿De manera que a esto se dedicaba después de su trabajo de "empleadito de cuarta", que tanto despreciaba la familia Fontalbo?
Con razón se aislaba durante horas, tratando de evadirse del infierno de las recriminaciones y las lágrimas. Quedé maravillada ante todas esas pinturas que comunicaban vida, amor y alegría.
El cuadro de una mujer ocupaba el centro de la habitación y ¡estaba desnuda!, quise escandalizarme, pero ese desnudo no lograba hacerme sentir así, era sublime y casto. Pero tenía algo más que me impactó: el rostro de esa hermosa mujer, era el de mi madre, si, ¡era Natalia!, ojalá ella hubiese sido así, amorosa, sencilla, dulce; sentí mi rostro mojado y una añoranza por lo que no fue, me inundó de tristeza.
Entonces lo vi, estaba sentado en su sillón de mimbre, el mismo sillón que mi abuelo le regalara cuando cumplió cuarenta y cinco años, de eso hacía casi siete, yo entonces tenía diez años y fue una de las pocas veces que lo vi sonriendo, era una tímida sonrisa, pero me hizo pensar que se veía muy guapo. Volvió a ponerse serio, cuando mamá entró al cuarto y comenzó a criticar el sillón porque no hacía juego con los muebles de la sala. Ordenó que lo pusieran en otro lado, donde ella no lo viera. Creo que fue la única vez que él se sintió contento con una orden de su mujer.
Estaba recargado hacia atrás, tenía una sonrisa tranquila y los ojos cerrados,- papá, te quedaste dormido, baja ya, sino quieres que mamá se enoje de verdad-, no reaccionó, entonces lo tomé de la mano, ¡estaba terriblemente fría!, lo sacudí con fuerza y solo conseguí moverlo un poco. De pronto estallé, gritando con todas mis fuerzas. Mamá y Juan llegaron y se dieron cuenta del triste suceso.
Fue un buen pretexto para que mamá luciera sus dotes extremos de sufrimiento, hasta yo le hubiese creído, si no fuese porque, antes de escenificar su papel de viuda inconsolable, nos había ordenado a Juan y a mí, que sacásemos el cuerpo del dormitorio y lo pusiésemos en el lecho que alguna vez fuera de los dos; después, cerró el cuarto con doble llave, no sin antes amenazarnos con mil sanciones, si nos atreviésemos a hablar de las perversiones que se escondían en "ese lugar del demonio". Todo esto lo dijo con voz firme y sin asomo de dolor. En cuanto todo quedó bajo control, mudo su rostro por el de una mujer profundamente afectada por la pérdida de su esposo.
Ha pasado algún tiempo desde la muerte de papá. Me casé con un hombre mucho mayor que yo, muy religioso y estricto, tuve cuatro hijos y cuando Marcos, el primogénito, cumplió veintitres años, murió mamá.
A veces paso por la casa que una vez fue el escenario de los sufrimientos de Natalia y siento que nunca me fui de ella, ya que la mía es ¡tan parecida!
Soy terriblemente infelíz y la única satisfacción que me queda, es cuando algunas de mis amiga me dice:¡Ay Rita, como sufres mujer!

La Gata rosa

El arte de sufrir

Homenaje a Virginia Palomeque
EL ARTE DE SUFRIR


Nunca imaginé que sufrir pudiera ser una profesión, pero mi madre me enseñó que si, que esto era posible.


Yo nací con la idea de ser feliz, balbuceaba alegremente ante cualquier persona que quisiese conocerme, al fin y al cabo era nuevecita y acababa de llegar a este planeta. Imagino que por eso mamá toleró mis extravagancias por lo menos cuatro años más, pero cuando estuvo segura de que entendería el estilo de vida que se llevaba en esa casa, puso los puntos sobre las ies, y me enseñó lo triste que puede ser "este valle de lágrimas".


Mi padre,un apocado señor que apenas levantaba la voz para decir: "Si querida", pasaba silencioso por los pasillos o se sentaba con todo cuidado en la mesa, tratando de pasar desapercibido; pero eso no era posible. Cómo iba a ser posible, si de él emanaba el principal sufrimiento de doña Natalia (así se llamaba ella, mi mamita linda). En cuanto se servía la sopa, si era comida o el café con leche, si era merienda; comenzaba el rosario de quejas y de reproches: -Si, ya veo que tú me dejas la carga más pesada de esta casa, no te importa que tenga que enfrentar los reportes de la escuela, si, esos que dicen que Juan, tu hijo menor, se porta mal y muy seguido olvida hacer sus deberes ( Juan se ponía encarnado y hacía cara de arrepentimiento) o que Rita (esa era yo),nunca me ayuda con los quehaceres de la casa,¡vamos, ni siquiera a poner los platos en la mesa!, ¡con el montón de trabajo que tengo!, pero yo he de hacer TODO, nadie me tiene un poco de consideración, ni siquiera por el estado de salud en el que quedé, debido a mi último parto ( su último parto tenía la friolera de once años, que era la edad de Juan). Nadie sabe lo que me cuesta levantarme por la mañana para atenderlos, tengo que detenerme el bajo vientre, caminar inclinada y luego, bajar las escaleras con mil dificultades (me asombraba el milagro que se producía, cuando sonaba el teléfono y ella corría ligera a contestarlo), pero no les importa, son unos desagradecidos. El sainete terminaba con abundantes lágrimas y moqueo intermitente. Siempre fue para mí un misterio eso de las lágrimas, creo que doña Nati poseía un grifo personal que abría y cerraba a su antojo. Papá terminaba con su inalterable : "Si querida" y se levantaba de la mesa para salir de nuevo silenciosamente del comedor, aliviado porque se había acabado la sesión de esa tarde o de esa noche.

Juan, que era muy sensible, se quedaba a abrazar a mamá y le prometía que no le daría más motivos para que sufriera. Ella volvía a abrir otro poquito, el grifo milagroso y le permitía besarle la mano.

La familia de mamá estaba formada por un ejército de tías, tíos, primos , y desde luego por mi abuela, de donde derivaba la maestría con que se producía el diario sufrimiento de su alumna más aventajada, su "Natita", esa pobre martir que había tenido la desgracia de casarse con el hombre más desconsiderado del mundo.

Siempre que lograba reunir un público más o menos nutrido a su alrededor, decía: -pobrecita de mi hija, ¡sólo ella sabe cuanto sufre!, pero tiene que soportar su cruz, debido a que es una mujer de fuertes principios morales, que no cree en el divorcio ( aquí fruncía la nariz, cómo si estuviese oliendo algo podrido), ya que sólo las "mujerzuelas" acuden a "eso", ella es una madre estoica, que todo lo soporta por amor a sus hijos (luego nos veía con fulminante reproche, copia fiel de la mirada con que nos calcinaba mamá a diario).

Una tarde, casi a punto de sentarnos a la mesa,mamá me dijo: -Rita, como de costumbre, tu padre para hacerme enojar, no ha bajado a comer, ve y dile que lo estamos esperando-.

Subí a su dormitorio (que por cierto era el último del pasillo, donde lo había recluido su amante esposa, desde hacía bastantes años) y toqué: -Papá, ya vamos a sentarnos a la mesa, dice mamá que bajes por favor-.

(sigue)




jueves, 23 de julio de 2009

El tiempo


El tiempo
El tiempo me abochorna,
la brisa que llega y camina
escote abajo,
no logra calmar esta perra nostalgia
que muerde mis adentros.
Se marcan los siglos en la misma libreta
llena de borrones y de tachaduras.
Leerla me aniquila,
con todo y sus lágrimas de tinta.
Pero tengo a quién culpar:
Es este tiempo caluroso
que se ha hecho amigo
de las lastimaduras de mi carne
y convive feliz con las de mi alma.
Mientras, busco entre los filamentos
de mis neuronas,
para ver si todavía es posible
coser con hilos invisibles
mi desarticulado lenguaje,
con el que ya no puedo
pronunciar siquiera
la palabra:
AMOR
La Gata Rosa