jueves, 2 de julio de 2009

El duelo IV


La plaza se encontraba repleta, casi todo el pueblo había acudido deseoso de atestiguar lo que ahí pasaría : Matias Leps sería colgado por haber transgredido las leyes del reino.
La familia del sentenciado había llegado a la cárcel desde muy temprano, para tratar de ver aunque fuera por última vez a Matías pero ni siquiera los dejaron transponer el lugar, de manera que se conformaron con esperar entre la multitud, a que saliera rumbo al cadalso.
Dentro de su desconcierto, María, la esposa del preso, pensaba para sus adentros:" ¡ay, pensar que apenas hace tres semanas era un campesino como todos!, ¡cómo pudo ser tan tonto como para levantar ese saco de arroz tirado en el camino, y luego, cometer el error de repartirlo entre los vecinos!, imagino que alguno, lejos de agradecerlo, lo delató a cambio de algunas monedas, ahora lo colgarán, y sus hijos, sus padres y yo, estaremos destinados a ser la familia de un ladrón, todos nos señalaran como tales".
André también se encontraba entre los asistentes, había llegado ahí siguiendo a Mirelle, pero la abigarrada multitud le impedía acercarse a ella.
De pronto todas la voces se callaron y unos soldados comenzaron a abrir camino entre la gente, para dar paso a la comitiva del rey, su lujosos carruaje luciendo el escudo real a los costados, transportaba también a la reina y todos se inclinaron a su paso.
- ¡No sé porqué tengo que acompañarte a estos eventos, tú sabes cuanto me desagradan!-, -lo siento querida, pero debes respaldarme en todo lo que determine, ¡faltaba más!- ,le contestó a su consorte, mientras saludaba condescendiente a la multitud.
Cuando los reyes se hubieron sentado en el palco que estaba destinado para ellos y su corte, el bullicio regresó, hasta que el redoble de los tambores anunciaron que pronto saldría el protagonista de todo ese horrible espectáculo. En efecto, un hombre encadenado, con la ropa sucia y desgarrada y el rostro hinchado por los golpes, del que se destacaban unos ojos llenos de miedo, salió por la puerta del penal, custodiado por guardias armados. La gente rugía :¡mátenlo, es un ladrón!, ¡si, si, que lo cuelguen!. Uno dijo: -¿que lo cuelguen?, ¿quién será el siguiente?, si comienzan a matarnos por el hambre que padecemos, cualquiera puede ser el siguiente-, -otro quedó de pronto pensativo, pero desechó de su mente esa reflexión y dijo: ¡cállate cabrón, tú también deberías ser colgado!-.No cabía duda, el pueblo tenía hambre y quería desquitarse viendo sufrir a un pobre con mala fortuna.
Finalmente llegaron frente al patíbulo, al reo se le doblaron las piernas ante la vista del cadalso y los guardias tuvieron que ayudarlo a subir los cinco escalones que lo separaban de la muerte. En la plataforma se encontraban esperando el sacerdote, el verdugo y dos guardias más.
El rey sacó su pañuelo, era la señal de la anuencia para que siguiera adelante la ejecución.
El sacerdote se acercó al reo y le dijo: -¡arrepiéntete de tus pecados y te aseguro que Dios perdonará tu crimen!-, -si, me arrepiento-, logró balbucear el pobre hombre, el sacerdote elevó una cruz y luego se santiguó, parecía que representaba una ceremonia que había ensayado muchas veces.
El verdugo entonces hizo su propia representación, vendó los ojos del sentenciado y lo hizo dar dos paso atrás, para que estuviera al alcance de la soga anudada, una vez ahí, la puso alrededor del cuello del pobre hombre que para entonces temblaba sin control. El rey tenía entonces que dejar caer el pañuelo para que se abriera la trampa que había a los pies del sentenciado.
El tambor comenzó su redoble, pero en esos momentos un jinete hizo su aparición en la plaza, todos voltearon a ver de quién se trataba, -¡es el príncipe Felipe!, dijo una voz; en efecto la gallarda figura del príncipe se recortó en medio de toda esa parafernalia.
-Un momento padre-, dijo al estar frente al palco donde el rey sostenía su azul pañuelo,-he venido a que me hagas efectivo mi regalo de bodas-,-¿ p..ero que es esto?, ni tú te has casado, ni creo que sea la hora y el momento de pedirme semejante cosa-, - es verdad, no me he casado, pero creo que puedo pedir con antelación una gracia de parte de mi padre-, -pues si, pero....-, - no ningún pero, sólo será cosa de adelantar un poco tu generosidad. En ese momento localizó con la mirada a su prometida, que estaba como paralizada sin poder creer lo que sucedía, de pronto sintió que un fuerte brazo la jalaba y la subía a la grupa del caballo. -Supongo que recuerdas que, cuando se realiza una boda real, se puede pedir un indulto para algún acusado, pues yo quiero que de regalo de esponsales, indultes a Matías Leps-, dijo, mientras con el índice señalaba al hombre con la soga al cuello, -¡¿estás loco?!, ¡este hombre ha sido sentenciado y morirá!, -¿ estás negándome tu gracia, aquí, frente a mi futura esposa y frente a todos?, ¡vamos, ordena que suelten a ese desdichado!-. El rey, desconcertado, titubeo un poco, pero después guardó su pañuelo y con un gesto ordenó que soltaran al hombre.El verdugo le quitó la soga, le descubrió los ojos, le quitó las amarras de las manos y le indicó que podía irse.
Matías bajó del cadalso sin poder creer lo que había sucedido;abajo lo esperaba su mujer, sus padres y sus cuatro hijo, María, después de abrazar a su marido, corrió al caballo y besó las manos de Fernando, él se desprendió con gentileza de sus manos y con gran disimulo puso una pequeña bolsa en ellas, luego se inclinó ante sus padres, dio media vuelta y espoleando su caballo, se alejó con Mirelle sentada junto a él.
André no atinaba a decifrar sus sentimientos, por un lado admiró el arrojo del heredero a la corona y por otro sentía su corazón lacerado por haber tenido más clara la conciencia a cerca de la nula oportunidad que tenía, de que Mirelle fuese su mujer.
Estuvo a punto de romper en llanto en medio de todas esas personas que comentaban extrañadas la generosidad del príncipe,de pronto sintió que un chiquillo dejaba en su mano un pequeño papel doblado. Lo leyó ávido, pues sabía de quién procedía: " Te espero mañana a las ocho de la noche , atrás de la parroquia de Santa Catherine Te ama : M". Su amargura se tornó en dicha y abandonó el lugar con una gran sonrisa en el rostro,se repetía: "te ama M, Te ama M, te ama M".
La gata Rosa

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