sábado, 25 de julio de 2009

El arte de sufrir

Homenaje a Virginia Palomeque
EL ARTE DE SUFRIR


Nunca imaginé que sufrir pudiera ser una profesión, pero mi madre me enseñó que si, que esto era posible.


Yo nací con la idea de ser feliz, balbuceaba alegremente ante cualquier persona que quisiese conocerme, al fin y al cabo era nuevecita y acababa de llegar a este planeta. Imagino que por eso mamá toleró mis extravagancias por lo menos cuatro años más, pero cuando estuvo segura de que entendería el estilo de vida que se llevaba en esa casa, puso los puntos sobre las ies, y me enseñó lo triste que puede ser "este valle de lágrimas".


Mi padre,un apocado señor que apenas levantaba la voz para decir: "Si querida", pasaba silencioso por los pasillos o se sentaba con todo cuidado en la mesa, tratando de pasar desapercibido; pero eso no era posible. Cómo iba a ser posible, si de él emanaba el principal sufrimiento de doña Natalia (así se llamaba ella, mi mamita linda). En cuanto se servía la sopa, si era comida o el café con leche, si era merienda; comenzaba el rosario de quejas y de reproches: -Si, ya veo que tú me dejas la carga más pesada de esta casa, no te importa que tenga que enfrentar los reportes de la escuela, si, esos que dicen que Juan, tu hijo menor, se porta mal y muy seguido olvida hacer sus deberes ( Juan se ponía encarnado y hacía cara de arrepentimiento) o que Rita (esa era yo),nunca me ayuda con los quehaceres de la casa,¡vamos, ni siquiera a poner los platos en la mesa!, ¡con el montón de trabajo que tengo!, pero yo he de hacer TODO, nadie me tiene un poco de consideración, ni siquiera por el estado de salud en el que quedé, debido a mi último parto ( su último parto tenía la friolera de once años, que era la edad de Juan). Nadie sabe lo que me cuesta levantarme por la mañana para atenderlos, tengo que detenerme el bajo vientre, caminar inclinada y luego, bajar las escaleras con mil dificultades (me asombraba el milagro que se producía, cuando sonaba el teléfono y ella corría ligera a contestarlo), pero no les importa, son unos desagradecidos. El sainete terminaba con abundantes lágrimas y moqueo intermitente. Siempre fue para mí un misterio eso de las lágrimas, creo que doña Nati poseía un grifo personal que abría y cerraba a su antojo. Papá terminaba con su inalterable : "Si querida" y se levantaba de la mesa para salir de nuevo silenciosamente del comedor, aliviado porque se había acabado la sesión de esa tarde o de esa noche.

Juan, que era muy sensible, se quedaba a abrazar a mamá y le prometía que no le daría más motivos para que sufriera. Ella volvía a abrir otro poquito, el grifo milagroso y le permitía besarle la mano.

La familia de mamá estaba formada por un ejército de tías, tíos, primos , y desde luego por mi abuela, de donde derivaba la maestría con que se producía el diario sufrimiento de su alumna más aventajada, su "Natita", esa pobre martir que había tenido la desgracia de casarse con el hombre más desconsiderado del mundo.

Siempre que lograba reunir un público más o menos nutrido a su alrededor, decía: -pobrecita de mi hija, ¡sólo ella sabe cuanto sufre!, pero tiene que soportar su cruz, debido a que es una mujer de fuertes principios morales, que no cree en el divorcio ( aquí fruncía la nariz, cómo si estuviese oliendo algo podrido), ya que sólo las "mujerzuelas" acuden a "eso", ella es una madre estoica, que todo lo soporta por amor a sus hijos (luego nos veía con fulminante reproche, copia fiel de la mirada con que nos calcinaba mamá a diario).

Una tarde, casi a punto de sentarnos a la mesa,mamá me dijo: -Rita, como de costumbre, tu padre para hacerme enojar, no ha bajado a comer, ve y dile que lo estamos esperando-.

Subí a su dormitorio (que por cierto era el último del pasillo, donde lo había recluido su amante esposa, desde hacía bastantes años) y toqué: -Papá, ya vamos a sentarnos a la mesa, dice mamá que bajes por favor-.

(sigue)




1 comentario:

  1. Vsya!!!
    Solo un reparo ( Pero no te lo diré por acá)
    Voy por la II
    para ver si acaso reacciona ese padre de una buena vez...
    Un abrazo
    Rossana

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