No existe el sol
sin tu saliva ardiente
mezclándose en mi boca.
No existe el aire
sin los ayes lujuriosos
con que se inspiran mis gritos
de gata en celo.
No existe el agua
sin la huellas húmedas
que dejaste en mi vientre
par que no te olvide.
No existe la tierra
sin ese empeño tuyo
de poblar el mundo
con tu simiente sembrada
en la fertilidad de mi surco.
Pero no existiría
ni siquiera una hoja
o un grano de sal,
sin la simple fusión
de dos cuerpos.
La Gata Rosa



